Política Europea
Cuando Europa vota, ¿a quién castiga? El voto de castigo en las elecciones europeas (1979-2024)
Cuarenta y cinco años de elecciones al Parlamento Europeo confirman que los gobiernos nacionales pagan la factura. Pero el castigo ya no es igual para todos, ni tan intenso como antes.
Resumen
Este análisis examina si los partidos que gobiernan en los Estados miembros obtienen peores resultados en las elecciones al Parlamento Europeo que en las legislativas nacionales. A partir de una base de datos propia de 194 gabinetes nacionales en funciones durante las diez elecciones europeas celebradas entre 1979 y 2024, se contrasta la teoría de las elecciones de segundo orden de Reif y Schmitt. Los resultados confirman su vigencia: el 82,3 % de los partidos de gobierno y el 72,7 % de los gabinetes perdieron apoyo. El castigo es mayor en los gobiernos unipartidistas, en los liderados por la izquierda, en el partido que encabeza las coaliciones y cuanto más tiempo ha pasado desde las elecciones nacionales. Es menor en Europa del Este y se ha atenuado tras el Tratado de Lisboa.
Palabras clave: Parlamento Europeo; elecciones de segundo orden; comportamiento electoral; gobiernos de coalición; Unión Europea.
Desde 1979, los ciudadanos de la Unión Europea han sido llamados diez veces a elegir directamente a su Parlamento común. Y en cada una de esas convocatorias ha planeado la misma sospecha: que los europeos no deciden sobre Europa, sino que aprovechan la ocasión para pasar cuentas a su gobierno nacional. Si es así, unas elecciones diseñadas para dotar de legitimidad democrática al proyecto de integración estarían funcionando, en realidad, como un gran sondeo de opinión sobre veintisiete gobiernos distintos.
La pregunta no es menor. De la respuesta depende cómo interpretamos cada noche electoral europea, qué leemos en el ascenso de los partidos euroescépticos y hasta qué punto el Parlamento Europeo puede presumir de representar preferencias genuinamente europeas. Este análisis intenta responderla con datos: los resultados de todos los gobiernos nacionales que estaban en el poder el día de cada elección europea, desde la primera hasta la última.
Una teoría con más de cuarenta años
La interpretación dominante nació casi a la vez que las propias elecciones. En 1980, Karlheinz Reif y Hermann Schmitt analizaron los resultados de los nueve Estados que habían votado el año anterior y propusieron un concepto que haría fortuna: las elecciones europeas serían elecciones nacionales de segundo orden (Reif y Schmitt, 1980). Su razonamiento era sencillo. Mientras los sistemas políticos nacionales decidan lo esencial, y el Parlamento Europeo no elija ningún gobierno, el votante percibirá que en estas elecciones hay menos en juego.
De esa percepción se derivan tres comportamientos que la literatura ha documentado una y otra vez:
- Menor participación. Si hay menos en juego, votar compensa menos. La participación en las europeas ha sido sistemáticamente inferior a la de las legislativas nacionales (Franklin y Hobolt, 2011).
- Castigo a los partidos de gobierno. El votante descontento puede expresar su malestar sin el coste de cambiar de gobierno, porque ningún ejecutivo nacional depende del resultado.
- Más apoyo a partidos pequeños y radicales. Al relajarse el voto estratégico, el elector vota con el corazón y no con la cabeza, lo que beneficia a formaciones minoritarias o situadas en los extremos.
Durante las dos décadas siguientes, el modelo resistió bien las pruebas empíricas. Michael Marsh lo contrastó tras cuatro elecciones europeas y encontró que sus predicciones básicas se cumplían (Marsh, 1998). Simon Hix y Michael Marsh volvieron sobre la cuestión en 2007 y plantearon el dilema en términos que siguen siendo útiles: ¿castigo o protesta? Su conclusión fue que la lógica de segundo orden explicaba mejor los resultados que cualquier supuesto debate sobre Europa (Hix y Marsh, 2007).
Las críticas
Pero la teoría también ha recibido objeciones serias. La primera es que resulta demasiado estructural: trata igual a países con sistemas de partidos, culturas políticas y ciclos electorales muy distintos. Ferrara y Weishaupt (2004) mostraron que el rendimiento de los partidos en las europeas depende de factores como su posición ideológica o la división interna sobre la integración, y no solo de si gobiernan o no.
La segunda objeción tiene que ver con el tiempo. Cuando las elecciones europeas se celebran poco después de unas legislativas, el voto tiende a reproducir el resultado nacional; cuando llegan tras años de desgaste, el castigo crece. Hobolt y Wittrock (2011) revisaron el modelo a partir de datos individuales y confirmaron que el momento del ciclo nacional es decisivo para entender quién pierde.
La tercera es institucional. El Parlamento Europeo de 2024 no se parece al de 1979. Los Tratados de Maastricht, Ámsterdam y Lisboa lo convirtieron en colegislador junto al Consejo en la mayoría de las políticas (Hix y Høyland, 2011). Si la teoría descansa en que «hay poco en juego», cabría esperar que un Parlamento más poderoso produjera elecciones menos de segundo orden.
Por último, cuenta cómo se informa de ellas. Claes de Vreese (2003) y Schuck et al. (2011) mostraron que, cuando los medios presentan las europeas como relevantes y discuten asuntos europeos, aumenta la participación y se atenúa el voto de castigo. Cuando dominan los encuadres nacionales, se refuerza la lógica clásica.
Nuevas dinámicas
A todo ello se añaden novedades recientes. En 2014 se estrenó el sistema de Spitzenkandidaten, por el que cada familia política europea presentaba un candidato a presidir la Comisión. La idea era conectar el voto con la elección de un ejecutivo, precisamente lo que la teoría decía que faltaba. Su impacto fue desigual y su continuidad, frágil (Braun y Popa, 2018). Al mismo tiempo, el auge de los partidos euroescépticos ha dado a estas elecciones un aire plebiscitario: para una parte del electorado ya no se trata de examinar al gobierno, sino de votar contra las élites, nacionales y europeas a la vez (Hobolt, 2015).
La pregunta, por tanto, sigue abierta. ¿Sigue existiendo el castigo? ¿De qué depende? ¿Se ha debilitado?
Cómo se ha medido
Para responder, construí una base de datos con todos los gabinetes nacionales que estaban en funciones el día de cada una de las diez elecciones europeas entre 1979 y 2024. En total, 194 gobiernos de los Estados que eran miembros en cada momento, incluido el Reino Unido hasta su salida.
Para cada gobierno se recogió el porcentaje de voto que obtuvieron sus partidos en las últimas elecciones legislativas nacionales y el que obtuvieron en las europeas siguientes. La diferencia entre ambos funciona como medida del castigo (si es negativa) o de la recompensa (si es positiva). Los datos proceden de ParlGov, de International IDEA, de los resultados oficiales del Parlamento Europeo y de los ministerios del Interior de cada Estado.
El castigo se midió en dos niveles. En el primero, partido por partido: ¿perdió apoyo cada formación que formaba parte del gobierno? En el segundo, por gabinete: se consideró castigado el gobierno en el que la mayoría de sus partidos perdió votos. Después, ambos indicadores se cruzaron con siete variables:
- el tipo de gabinete (unipartidista, bipartidista o multipartidista);
- su tamaño parlamentario (mayoritario o en minoría);
- la familia política europea del partido que lo encabezaba;
- el tiempo transcurrido desde las elecciones nacionales;
- la región (Norte, Sur, Centro y Este);
- el momento histórico;
- y, en las coaliciones, la posición de cada partido (principal o socio menor).
Conviene ser claro sobre los límites del método. Comparar elecciones distintas no aísla el efecto «europeo»: entre unas legislativas y unas europeas pueden pasar muchas cosas, y la participación es diferente. Además, el análisis es descriptivo y no controla estadísticamente todas las variables a la vez. Lo que ofrece es una fotografía amplia y sistemática, no una prueba causal.
¿Qué gobiernos se presentan al examen?
Antes de medir el castigo conviene saber a quién se castiga, porque los gobiernos europeos de 2024 se parecen poco a los de 1979.
De los gobiernos de un partido a las coaliciones amplias
De los 194 gabinetes analizados, solo 52 fueron unipartidistas (un 27 %). Los 142 restantes fueron coaliciones, repartidas casi a partes iguales entre bipartidistas (72) y multipartidistas (70). Gobernar en solitario es, en Europa, la excepción.
Esa excepción se concentra en unos pocos países. Malta tuvo gobiernos de un solo partido en sus cinco convocatorias; Portugal, en siete de ocho; España, en seis de ocho; Grecia, en seis de nueve; y el Reino Unido, en ocho de nueve. En el otro extremo, Bélgica no ha tenido nunca un gobierno que no fuera multipartidista, por la necesidad de equilibrar sus comunidades lingüísticas, y Alemania y Luxemburgo han gobernado siempre en coalición.
La evolución temporal es nítida. En 1979, seis de los nueve gobiernos eran de un solo partido. En 2019, solo cinco de veintiocho. La fragmentación de los sistemas de partidos ha convertido las coaliciones amplias en la forma normal de gobernar.
Fuente: elaboración propia (194 gabinetes nacionales, 1979-2024).
Menos mayorías
Lo mismo ocurre con el respaldo parlamentario. En conjunto, tres de cada cuatro gabinetes tenían mayoría en su cámara baja. Pero la tendencia es descendente: en 2004, diecisiete de los veinticinco gobiernos eran mayoritarios; en 2024, apenas ocho de veintisiete. Dinamarca es el caso más extremo, con ocho de sus diez gobiernos en minoría, y España se ha sumado a esa lógica en los ciclos recientes, con la irrupción de nuevos partidos.
Un calendario cada vez más desacoplado
Pocas veces coinciden las elecciones nacionales y las europeas. Luxemburgo lo hizo en ocho de las diez convocatorias, porque su legislación hace que una legislatura surgida de una disolución dure solo hasta las siguientes europeas; Bélgica, en cinco. En el resto de casos, la norma es la separación: 127 de los 194 gobiernos llevaban más de tres años en el poder cuando se celebraron las europeas. Es decir, la mayoría de los gobiernos se presentan a este examen con el desgaste de casi una legislatura completa.
Quién gobierna
Por familias políticas, los partidos del Partido Popular Europeo encabezaron 87 gobiernos (algo más de la mitad), los socialdemócratas 61 y los liberales de Renew Europe y sus predecesores 30. Los conservadores del ECR y los Patriotas por Europa lideraron cinco cada uno, y los Verdes y la Izquierda, tres cada uno. Un dato llamativo: en 2024, por primera vez, la familia liberal era la que más gobiernos encabezaba (nueve), por delante del PPE (ocho) y de los socialdemócratas (siete).
El castigo existe
La respuesta a la pregunta central es inequívoca. El 82,3 % de los partidos que gobernaban en su país obtuvieron en las europeas un porcentaje de voto inferior al de las legislativas anteriores. A nivel de gabinete, el 72,7 % de los gobiernos fueron penalizados.
Dicho de otro modo: en casi tres de cada cuatro ocasiones, las elecciones europeas han funcionado como un voto de censura simbólico contra el gobierno nacional. Cuarenta y cinco años después, la intuición de Reif y Schmitt sigue describiendo el fenómeno principal.
En casi tres de cada cuatro ocasiones, las elecciones europeas han funcionado como un voto de censura simbólico contra el gobierno de casa.
Pero el castigo no se reparte por igual. Las siete hipótesis específicas permiten ver de qué depende.
Qué hace que el castigo sea mayor
1. La claridad de la responsabilidad
Una de las ideas más asentadas en el estudio del voto económico es que los ciudadanos castigan más cuando saben a quién culpar. En un gobierno de un solo partido, la responsabilidad es evidente; en una coalición de cuatro, se diluye.
Los datos lo confirman. En los gobiernos unipartidistas, el 89,4 % de los partidos fue castigado y el 82,7 % de los gabinetes, penalizado. En las coaliciones, las cifras bajan al 79,8 % y al 69 %. Concentrar el poder tiene un precio electoral.
2. La visibilidad dentro de la coalición
Mi hipótesis inicial era que, dentro de una coalición, los socios menores sufrirían más: el partido principal tiene más recursos, más visibilidad positiva y puede atribuirse los logros. Los datos dicen exactamente lo contrario. El partido que ocupaba la jefatura del gobierno perdió de media 6,1 puntos respecto a las legislativas; los socios menores, solo 2,3, e incluso hubo casos en que ganaron apoyo.
La interpretación más plausible es que el votante castiga a la cara visible del gobierno. El socio menor puede presentarse como un contrapeso, distanciarse de las decisiones impopulares y captar parte del descontento. Para los partidos que se plantean entrar en un gobierno como socios minoritarios, la lección es interesante: el coste electoral de gobernar recae sobre todo en quien encabeza el ejecutivo.
Fuente: elaboración propia. Diferencia entre el voto en las legislativas previas y en las europeas.
3. El desgaste del tiempo
Ninguna variable muestra un efecto tan limpio como el tiempo. Cuando las elecciones nacionales y europeas coinciden el mismo día, solo el 58,3 % de los partidos de gobierno pierde apoyo. Si las legislativas se celebraron menos de seis meses antes, el porcentaje sube al 75 %. Entre seis meses y tres años, al 82,6 %. Y con más de tres años de distancia, alcanza el 87,4 %.
Fuente: elaboración propia (194 gabinetes, 1979-2024).
La pauta coincide con lo que la literatura llama el ciclo de popularidad de los gobiernos: tras una luna de miel inicial, el apoyo se erosiona a medida que se toman decisiones, se acumulan errores y aparecen escándalos. Las elecciones europeas, al ser de «bajo coste», recogen ese desgaste mejor que cualquier encuesta. Para los gobiernos, la conclusión práctica es evidente: unas europeas a mitad o al final de legislatura son mucho más peligrosas que unas celebradas al principio.
4. La ideología
Los gobiernos encabezados por partidos de izquierda (socialdemócratas, verdes e izquierda radical) fueron castigados algo más que los de derecha (populares, liberales, conservadores y nacionalpopulistas): el 85,8 % de sus partidos perdió apoyo frente al 80,6 %, y el 73,9 % de sus gobiernos fue penalizado frente al 71,2 %.
La diferencia no es enorme y admite varias explicaciones que el análisis no permite separar. Una es la participación: si el electorado progresista se abstiene más en las europeas, sus partidos pierden más aunque nadie cambie de voto. Otra es la exigencia: los votantes de izquierda pueden ser más críticos con sus propios gobiernos, sobre todo cuando estos aplican políticas de ajuste en contextos de crisis, como ocurrió en buena parte del sur de Europa entre 2009 y 2014.
5. La región
La geografía también importa. En los países del Este, el 76,2 % de los partidos de gobierno fue castigado, frente al 82,9 % del Norte, el 86,5 % del Centro y el 88,1 % del Sur. A nivel de gabinete, las diferencias son aún mayores: 65,9 % en el Este frente a 78,3 % en el Sur.
Fuente: elaboración propia. Este: Estados incorporados desde 2004 en Europa central y oriental, más Croacia.
¿Por qué castiga menos el Este? Caben varias hipótesis. Sus sistemas de partidos son más recientes y volátiles, lo que hace menos predecible la relación entre legislativas y europeas. La participación en las europeas es allí especialmente baja, de modo que vota sobre todo el electorado más movilizado, que a menudo es el de los partidos en el poder. Y en algunos casos, como Hungría, partidos dominantes han convertido las europeas en una movilización en defensa del gobierno frente a Bruselas, invirtiendo la lógica del castigo.
6. Lo que no se cumplió: la mayoría parlamentaria
Esperaba que los gobiernos mayoritarios, al poder legislar sin negociar, fueran más castigados. No fue así: el 81,1 % de los partidos en gobiernos mayoritarios perdió apoyo, frente al 84,5 % en gobiernos en minoría. Una explicación posible es que los votantes no castigan tanto el poder como la debilidad: los gobiernos en minoría, obligados a negociar cada ley, transmiten una imagen de inestabilidad que alimenta el descontento.
Un castigo que se suaviza
La última pregunta es si el castigo se ha debilitado a medida que el Parlamento Europeo ganaba poder. La respuesta es un sí con matices.
Si se mira la proporción de partidos castigados, la tendencia es descendente: casi el 90 % en 1979, el 85,7 % en 1984, el 83,3 % en 1989, el 79,2 % en 1994, el 78,4 % en 2004 y el 70,1 % en 2024. Si se mira la pérdida media de voto, la historia es más irregular: creció durante los años ochenta y noventa hasta superar los diez puntos en 2004, y volvió a bajar después del Tratado de Lisboa.
Fuente: elaboración propia. No se muestran 1994 y 1999 por falta de un dato agregado homogéneo en la serie.
La lectura más prudente es que los primeros años de la serie, con pocos países y sistemas de partidos estables, no son comparables sin más con los posteriores. El pico de 2004 coincide con la gran ampliación y con un contexto de malestar en muchos gobiernos occidentales, y el de 2009, con el inicio de la Gran Recesión. Desde Lisboa, en cambio, la tendencia apunta a una moderación del castigo. Un Parlamento con poder real, campañas algo más europeizadas y la breve experiencia de los Spitzenkandidaten pueden haber dado a estas elecciones algo más de peso propio, aunque no el suficiente para dejar de ser, en lo esencial, un examen nacional.
El caso español
España ofrece una buena ilustración de estas pautas. Desde su primera participación en el calendario ordinario, en 1989, ha tenido casi siempre gobiernos de un solo partido, lo que hace especialmente nítida la atribución de responsabilidades. Y su calendario electoral ha colocado las europeas en momentos muy distintos del ciclo nacional.
Cuando las europeas llegaron poco después de unas generales, el partido del Gobierno no solo no fue castigado, sino que mejoró. En 2004, tres meses después de su victoria en las generales de marzo, el PSOE pasó del 42,6 % al 43,5 %. En 2019, apenas un mes después de las generales de abril, subió del 28,7 % al 32,9 %. Es el efecto luna de miel en estado puro.
Cuando llegaron a mitad o al final de la legislatura, el castigo fue severo. En 2009, en plena crisis financiera, el PSOE cayó del 43,9 % de las generales de 2008 al 38,8 %. En 2014, el Partido Popular, que había obtenido el 44,6 % en las generales de 2011, se quedó en el 26,1 % tras dos años y medio de recortes y en plena crisis de los grandes partidos. Fue una de las mayores pérdidas de un partido de gobierno en toda la serie.
Fuente: Ministerio del Interior y Parlamento Europeo. Elaboración propia.
El primer gobierno de coalición de la democracia española añade un matiz interesante a la hipótesis sobre los socios menores. En las europeas de 2024, el PSOE retrocedió moderadamente respecto a las generales de 2023, del 31,7 % al 30,2 %. Su socio, Sumar, se desplomó del 12,3 % al 4,7 %. A diferencia de la pauta general, aquí fue el socio menor quien pagó la factura. Es un recordatorio de que las tendencias agregadas no se cumplen en cada caso: la división interna del espacio político de Sumar y la competencia con Podemos, que concurrió por separado, pesaron más que la lógica de la visibilidad.
Qué nos dicen estos datos
Las conclusiones pueden resumirse en cinco ideas.
Primera: la teoría de segundo orden sigue viva. Más de cuatro décadas después, la mayoría de los gobiernos sale peor parada de las europeas que de las legislativas. Leer los resultados europeos como una expresión pura de preferencias sobre la integración sería un error.
Segunda: el castigo sigue a la responsabilidad. Es mayor cuando el poder está concentrado en un partido y cuando un partido es la cara visible del gobierno. Los votantes no castigan al azar: castigan a quien pueden identificar.
Tercera: el reloj político manda. El tiempo transcurrido desde las legislativas es el mejor predictor del castigo. Las europeas funcionan como un termómetro del desgaste de los gobiernos.
Cuarta: Europa no es homogénea. El Este castiga menos que el Sur, y la explicación tiene que ver con sistemas de partidos, participación y estrategias de los gobiernos.
Quinta: algo está cambiando. El castigo se ha moderado desde Lisboa. Pero el auge euroescéptico sugiere que no estamos ante una europeización tranquila del voto, sino ante un cambio de forma: para una parte del electorado, las europeas han pasado de ser un examen al gobierno nacional a ser un plebiscito contra el conjunto del sistema.
Quedan preguntas abiertas que merecen investigación propia: el efecto de la participación en cada país, el papel de los medios en la europeización de las campañas o la relación entre actitudes hacia la Unión y voto. Algunas de ellas volverán a estas páginas. Las elecciones europeas de 2029 serán una buena ocasión para comprobar si la moderación del castigo se consolida o si el ciclo vuelve a girar.
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Procedencia del texto
Este artículo es una adaptación divulgativa del Trabajo de Fin de Grado «El rol del voto de castigo en las elecciones europeas», presentado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Granada (curso 2024/2025) bajo la tutela del Prof. Carlos de Cueto Nogueras. Los datos son de elaboración propia.
Cómo citar este análisis
Álvarez Fernández, J. M. (2026, 20 de octubre). Cuando Europa vota, ¿a quién castiga? El voto de castigo en las elecciones europeas (1979-2024). Critical Meridian. https://www.criticalmeridian.com/articulos/voto-de-castigo-elecciones-europeas
José Manuel Álvarez Fernández
Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad de Granada. Se forma en Relaciones Internacionales y escribe sobre política europea, seguridad internacional, geopolítica y comunicación política.
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