Geopolítica
China se acerca, Estados Unidos no se va. Treinta años de rivalidad medidos con el Índice Elcano
Entre 1990 y 2020, China pasó del décimo al segundo puesto en presencia global. Pero su ascenso es desequilibrado, y la ventaja estadounidense sigue siendo militar y de atracción.
Resumen
El ascenso de China es el gran cambio estructural del sistema internacional contemporáneo. Este análisis utiliza el Índice Elcano de Presencia Global para comparar la proyección exterior de Estados Unidos y China entre 1990 y 2020 en sus tres dimensiones: económica, militar y blanda. Los datos muestran que China ha reducido la distancia de forma extraordinaria, pasando de una presencia doce veces inferior a la estadounidense a una dos veces y media inferior. Sin embargo, su ascenso descansa sobre todo en la economía. En la dimensión militar y en la blanda, Estados Unidos conserva una ventaja estructural. Se concluye que el mundo de 2020 ya no es unipolar, pero tampoco está liderado por China, y que la competencia se desplaza hacia la interdependencia económica como instrumento de poder, con consecuencias directas para Europa.
Palabras clave: Estados Unidos; China; Índice Elcano de Presencia Global; poder blando; interdependencia; orden internacional.
Pocas preguntas ordenan tanto el debate internacional como esta: ¿está China alcanzando a Estados Unidos? De la respuesta dependen decisiones de enorme calado, desde cuánto invierte un país en defensa hasta con quién comercia, qué tecnologías permite en sus redes o cómo vota en Naciones Unidas. Y, sin embargo, la pregunta suele responderse con impresiones: el tamaño del PIB, el número de buques de guerra o los titulares sobre inteligencia artificial.
Este análisis propone una forma más sistemática de mirarla, a partir de un instrumento desarrollado en España: el Índice Elcano de Presencia Global, elaborado por el Real Instituto Elcano. Sus datos permiten seguir treinta años de una rivalidad que define nuestro tiempo.
Qué mide (y qué no) el Índice Elcano
Antes de leer los datos conviene entender el instrumento. El Índice Elcano no mide el poder de un país ni su influencia. Mide su presencia global: cuánto está un país «ahí fuera», en el mundo, a través de un conjunto de indicadores agrupados en tres dimensiones (Olivié y Gracia Santos, 2022):
- Económica: exportaciones de energía, bienes primarios, manufacturas y servicios, e inversión directa en el exterior.
- Militar: tropas desplegadas en el extranjero y equipamiento militar con capacidad de proyección, como portaaviones, buques de gran tonelaje o aviones de transporte estratégico.
- Blanda: migraciones, turismo, deportes, cultura, información, tecnología, ciencia, educación y cooperación al desarrollo.
La distinción entre presencia y poder es importante. Un país puede tener mucha presencia exterior y no saber convertirla en influencia; y puede tener gran capacidad latente, como una población enorme o un territorio rico en recursos, sin proyectarla hacia fuera. El índice mide la proyección efectiva, no el potencial. Con esa cautela, es una herramienta excelente para comparar trayectorias a lo largo del tiempo.
El punto de partida: 1990
En 1990, recién terminada la Guerra Fría, Estados Unidos encabezaba el índice. Su presencia era amplia y equilibrada: dominaba la economía mundial, tenía bases militares en todos los continentes y su cultura, sus universidades y su industria del entretenimiento eran referencia global. China ocupaba el décimo puesto. Era un país enorme, con un crecimiento ya notable tras una década de reformas, pero con una proyección exterior todavía modesta.
La distancia entre ambos era abismal: la presencia global estadounidense multiplicaba por más de doce la china (Gracia Santos y Olivié, 2021a). Era el llamado momento unipolar, en el que una sola superpotencia no tenía rivales comparables.
Las raíces del ascenso chino
Para entender la trayectoria que recoge el índice hay que remontarse a 1978, cuando Deng Xiaoping inició la política de reforma y apertura. China introdujo mecanismos de mercado en la agricultura, permitió la inversión extranjera y creó en 1980 las primeras zonas económicas especiales, entre ellas Shenzhen, entonces una pequeña localidad junto a Hong Kong y hoy una de las grandes metrópolis tecnológicas del mundo.
La fórmula combinaba mano de obra abundante y barata, inversión extranjera atraída por incentivos, un Estado que dirigía el crédito hacia la industria y las infraestructuras y una apertura gradual al comercio. Durante tres décadas, la economía china creció a tasas cercanas al 10 % anual, sacando de la pobreza extrema a cientos de millones de personas. En 1990, cuando empieza nuestra serie, ese proceso llevaba poco más de una década en marcha y su proyección exterior era aún incipiente. La entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001 fue el momento en que ese crecimiento interno se volcó definitivamente hacia fuera.
Estados Unidos, por su parte, apostó durante esos años por la integración de China en la economía mundial. La premisa, compartida por administraciones demócratas y republicanas, era que el crecimiento económico traería consigo una apertura política y que una China próspera sería una parte interesada responsable del orden internacional. Esa premisa es la que se ha abandonado en la última década.
Treinta años después
En 2020, China ocupaba ya el segundo puesto del índice, solo por detrás de Estados Unidos. La distancia se había reducido a algo más de cuatro veces en 2010 y a unas dos veces y media en 2020 (Olivié y Gracia Santos, 2023). Los valores del índice muestran con claridad los dos procesos simultáneos: Estados Unidos mantiene una presencia muy superior, pero crece poco; China crece mucho más deprisa desde una base inferior.
Fuente: Real Instituto Elcano, Índice Elcano de Presencia Global. Elaboración propia. Valores redondeados.
Entre 2010 y 2020, el índice de Estados Unidos creció en torno a un 14 %. El de China casi se duplicó (un 92 %). Entre 2015 y 2020, la presencia estadounidense incluso retrocedió ligeramente, mientras la china seguía aumentando. La tendencia es clara: Estados Unidos conserva el liderazgo, pero China se acerca de forma constante.
Un ascenso desequilibrado
El valor agregado esconde lo más interesante: la composición. Cuando se desagregan las tres dimensiones, aparece un ascenso chino muy desigual.
Economía: donde China corre
La dimensión económica explica la mayor parte del avance chino. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001 aceleró su integración en las cadenas globales de valor y la convirtió en la gran fábrica del mundo. Pero el salto cualitativo llegó después, cuando China empezó a proyectarse también como inversor y financiador. Desde 2013, la Iniciativa de la Franja y la Ruta ha canalizado créditos e inversiones en infraestructuras en Asia, África, América Latina y Europa.
Además, la presencia económica china ya no se limita a productos industriales baratos. En 2020, China aparecía en posiciones de liderazgo en indicadores como manufacturas, información o ciencia (Gracia Santos y Olivié, 2021b). Su producción científica, su capacidad en tecnologías limpias (paneles solares, baterías, vehículos eléctricos) y su dominio de algunas fases de la cadena de minerales críticos le dan una presencia en sectores de alto valor estratégico.
Estados Unidos, por su parte, mantiene una presencia económica enorme, sostenida por su sistema financiero, la centralidad del dólar, sus empresas tecnológicas y su sector energético. Pero su crecimiento es más moderado, lo que tiene lógica para quien parte de una posición de liderazgo histórico.
Lo militar: donde la distancia sigue siendo enorme
En la dimensión militar la imagen es muy distinta. La presencia militar estadounidense es el resultado de ocho décadas de liderazgo estratégico: una red de bases en todos los continentes, alianzas formales con decenas de países, flotas desplegadas de forma permanente en varios océanos y una capacidad de transporte estratégico sin equivalente.
China ha modernizado de forma impresionante sus fuerzas armadas y ha aumentado su presupuesto de defensa durante tres décadas. Su armada es hoy la mayor del mundo por número de buques. Pero su presencia militar exterior sigue siendo limitada: una única base militar en el extranjero, en Yibuti, abierta en 2017, y una proyección concentrada en su entorno inmediato. Sus prioridades son regionales: el mar de China Meridional, el estrecho de Taiwán y el conjunto del Indo-Pacífico. China puede disputar a Estados Unidos la superioridad en su vecindario; no puede, por ahora, disputarle una presencia militar global.
Lo blando: la ventaja más difícil de recortar
La tercera dimensión es la que mejor revela los límites del ascenso chino. Joseph Nye definió el poder blando como la capacidad de conseguir lo que uno quiere por atracción y no por coerción o pago (Nye, 2004). Sus fuentes son la cultura, los valores políticos y la legitimidad de la política exterior.
En presencia blanda, Estados Unidos conserva una ventaja considerable. Sus universidades atraen a estudiantes de todo el mundo, su industria audiovisual tiene una difusión sin rival, sus plataformas digitales forman parte de la vida cotidiana de miles de millones de personas y su producción científica sigue siendo de primer nivel.
China ha invertido para reducir esa brecha: ha internacionalizado sus universidades, ha creado medios de comunicación globales, ha abierto institutos culturales y ha desarrollado una intensa diplomacia pública. Su producción científica ha crecido de forma espectacular. Pero su crecimiento económico no se traduce automáticamente en atracción. Muchos países dependen comercialmente de China sin por ello compartir su modelo político ni su visión del orden internacional.
China puede superar a Estados Unidos en indicadores concretos. Sustituirlo como potencia global exige algo más que crecer.
Tecnología: la frontera decisiva
Ninguno de los tres pilares del índice captura del todo el terreno donde hoy se libra la competencia más intensa: la tecnología. En 2015, Pekín lanzó el plan «Hecho en China 2025», que fijaba el objetivo de alcanzar la autosuficiencia en sectores como los semiconductores, la robótica, la aeronáutica o los vehículos de nueva energía. El plan fue leído en Washington como la prueba de que China no aspiraba a ser solo la fábrica del mundo, sino su laboratorio.
La respuesta estadounidense ha sido doble. Por un lado, restringir: limitar el acceso de empresas como Huawei a componentes y mercados occidentales y controlar la exportación de chips avanzados. Por otro, invertir: la Ley CHIPS y de Ciencia de 2022 destinó decenas de miles de millones de dólares a atraer la fabricación de semiconductores a suelo estadounidense. La concentración de la fabricación de los chips más avanzados en Taiwán añade a la rivalidad una dimensión de seguridad muy concreta: la isla no es solo un asunto de soberanía, sino un nodo crítico de la economía digital mundial.
Alianzas: la ventaja que no mide el índice
Hay otro activo estadounidense que el índice recoge solo de forma indirecta: sus alianzas. Estados Unidos cuenta con una red de aliados formales en Europa, Asia y Oceanía que no tiene equivalente chino. En la última década la ha reforzado en el Indo-Pacífico con el diálogo de seguridad con Japón, India y Australia (el Quad) y con el acuerdo AUKUS de 2021, por el que Estados Unidos y el Reino Unido ayudarán a Australia a dotarse de submarinos de propulsión nuclear.
China, en cambio, apenas tiene aliados formales. Su principal socio estratégico, Rusia, es más un compañero de conveniencia frente a Occidente que un aliado. Su influencia se ejerce sobre todo a través de relaciones económicas bilaterales y de foros que ha impulsado o ampliado, como los BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghái, donde busca presentarse como portavoz de un Sur Global insatisfecho con las instituciones dominadas por Occidente.
Cómo leer la rivalidad
Los datos del índice pueden interpretarse desde diferentes tradiciones teóricas, y cada una extrae conclusiones distintas.
Para el realismo ofensivo de John Mearsheimer, el ascenso de una gran potencia genera inevitablemente competencia por la seguridad: China intentará dominar Asia como Estados Unidos dominó el hemisferio occidental, y Estados Unidos intentará impedirlo (Mearsheimer, 2001). Graham Allison popularizó la idea de la «trampa de Tucídides» para describir el peligro que surge cuando una potencia ascendente amenaza con desplazar a una establecida. En su estudio histórico, la mayoría de esos casos terminaron en guerra (Allison, 2017).
Para el institucionalismo liberal de John Ikenberry, en cambio, el orden internacional construido tras 1945 es lo bastante abierto y beneficioso como para integrar a China, que ha prosperado precisamente gracias a él (Ikenberry, 2011). La pregunta no sería si China destruirá el orden, sino cuánto querrá reformarlo desde dentro.
Los datos del Índice Elcano no zanjan ese debate, pero sí lo matizan. La rivalidad existe y es creciente. Pero el ascenso chino es desequilibrado, y la ventaja estadounidense en las dimensiones militar y blanda, construida durante décadas, no se recorta con la misma rapidez que la económica.
La interdependencia como arma
Quizá el cambio más importante de la última década no se ve en el ranking, sino en el uso de la economía como instrumento de poder. Henry Farrell y Abraham Newman describieron este fenómeno como interdependencia convertida en arma: los Estados que controlan nodos centrales de las redes económicas globales (sistemas financieros, cadenas de suministro, plataformas tecnológicas) pueden usarlos para vigilar y presionar a otros (Farrell y Newman, 2019).
Ambas potencias lo practican. Estados Unidos ha impuesto desde 2022 controles a la exportación de semiconductores avanzados y de los equipos necesarios para fabricarlos, con el objetivo explícito de frenar el desarrollo tecnológico militar chino. China ha respondido restringiendo en 2023 las exportaciones de galio y germanio, dos metales esenciales para la electrónica, y ha mostrado su disposición a usar su posición en las tierras raras, cuyo refinado mundial controla en una proporción abrumadora.
Sanciones, aranceles, controles de exportación y subvenciones industriales se han convertido en herramientas habituales de una competencia que se libra, sobre todo, por debajo del umbral militar. La seguridad ya no es solo militar: es también económica, tecnológica y energética.
Qué significa para Europa
Para la Unión Europea, la rivalidad entre Estados Unidos y China plantea un dilema estratégico de primer orden. Europa depende de Estados Unidos para su seguridad, como ha recordado la guerra de Ucrania, y de China para buena parte de los insumos de su transición energética y digital.
La experiencia rusa ha sido una lección dolorosa. Durante años, Europa construyó una dependencia energética de Rusia bajo la premisa de que el comercio moderaría el comportamiento del Kremlin. La invasión de 2022 demostró que esa dependencia era una vulnerabilidad. Desde entonces, la Unión ha adoptado el lenguaje de la «reducción de riesgos» frente a China: no romper los lazos económicos, pero diversificar proveedores en sectores críticos. La Ley Europea de Materias Primas Fundamentales, de 2024, fija objetivos para extraer, procesar y reciclar más minerales estratégicos dentro de la Unión y reducir la dependencia de un solo proveedor.
El reto europeo es construir una autonomía estratégica que le permita no tener que elegir siempre entre Washington y Pekín. Eso exige capacidades propias en defensa, tecnología y energía, y una voluntad política que, hasta ahora, ha sido intermitente.
Tres escenarios para la próxima década
A partir de las tendencias que muestra el índice, cabe imaginar tres escenarios, no excluyentes entre sí.
Convergencia económica sin relevo. China sigue recortando distancia en la dimensión económica y supera a Estados Unidos en un número creciente de indicadores, pero no traduce esa presencia en un liderazgo militar o de atracción comparable. El mundo se vuelve bipolar en lo económico y sigue siendo asimétrico en lo estratégico.
Desacoplamiento en bloques. La competencia tecnológica y las restricciones comerciales fragmentan la economía mundial en esferas parcialmente separadas, con estándares tecnológicos, cadenas de suministro y sistemas de pago distintos. La presencia global de ambos países se vuelve más regional, y los terceros Estados se ven presionados para elegir.
Estancamiento chino. El envejecimiento de la población, el exceso de endeudamiento, la crisis inmobiliaria y la desconfianza de los inversores frenan el crecimiento chino antes de que alcance a Estados Unidos. La distancia deja de reducirse y el ascenso se estabiliza por debajo del liderazgo.
Cuál de ellos prevalezca dependerá tanto de decisiones políticas en Pekín y Washington como de factores estructurales difíciles de controlar. Lo que el índice permite descartar, al menos por ahora, es el escenario que con frecuencia domina los titulares: un relevo inminente en el liderazgo global.
Conclusión: un mundo en transición
El Índice Elcano de Presencia Global confirma que el mundo de 2020 es muy diferente al de 1990. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia global, pero su liderazgo ya no es incontestable. China ha protagonizado el avance más extraordinario del periodo, pasando de una posición secundaria al segundo puesto.
Pero ese avance es desequilibrado. La fortaleza económica china es indiscutible; su presencia militar global y su capacidad de atracción siguen muy por detrás de las estadounidenses. Superar a Estados Unidos como gran potencia global exigiría una proyección militar mucho más amplia, una capacidad de atracción cultural y política mayor y una presencia exterior más equilibrada.
El resultado es un escenario de transición: ya no unipolar, pero tampoco liderado por China. En ese escenario, la competencia se libra cada vez más a través de la economía, la tecnología y el control de recursos críticos. Y en él, Europa se juega su capacidad de decidir por sí misma.
Bibliografía
- Allison, G. (2017). Destined for war: Can America and China escape Thucydides's trap? Houghton Mifflin Harcourt.
- Farrell, H., y Newman, A. L. (2019). Weaponized interdependence: How global economic networks shape state coercion. International Security, 44(1), 42-79.
- Gracia Santos, M., y Olivié, I. (2021a). 1990-2020. Del mundo bipolar a la globalización regionalizada. Real Instituto Elcano.
- Gracia Santos, M., y Olivié, I. (2021b). El fin del mundo pre-COVID: ¿qué nos dicen los resultados del Índice Elcano de Presencia Global para 2020? Real Instituto Elcano.
- Ikenberry, G. J. (2011). Liberal leviathan: The origins, crisis, and transformation of the American world order. Princeton University Press.
- Mearsheimer, J. J. (2001). The tragedy of great power politics. W. W. Norton.
- Nye, J. S. (2004). Soft power: The means to success in world politics. PublicAffairs.
- Olivié, I., y Gracia Santos, M. (2022). Informe Elcano de Presencia Global 2022. Real Instituto Elcano.
- Olivié, I., y Gracia Santos, M. (2023). (Re)globalización tras la pandemia. Análisis de los resultados del Índice Elcano de Presencia Global 2022. Real Instituto Elcano.
Procedencia del texto
Adaptación ampliada de un análisis propio para la asignatura de Geopolítica Mundial (2026), completada con un trabajo grupal sobre recursos energéticos, minerales críticos y tensiones geopolíticas.
Cómo citar este análisis
Álvarez Fernández, J. M. (2026, 20 de octubre). China se acerca, Estados Unidos no se va. Treinta años de rivalidad medidos con el Índice Elcano. Critical Meridian. https://www.criticalmeridian.com/articulos/estados-unidos-china-presencia-global
José Manuel Álvarez Fernández
Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad de Granada. Se forma en Relaciones Internacionales y escribe sobre política europea, seguridad internacional, geopolítica y comunicación política.
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