Seguridad y Defensa
La máquina decide, ¿quién responde? Tecnología, guerra convencional y responsabilidad moral
De la ametralladora al algoritmo, cada salto tecnológico ha transformado la manera de combatir. El último amenaza con algo nuevo: una guerra en la que nadie sea plenamente responsable de lo que ocurre.
Resumen
La relación entre tecnología y guerra es tan antigua como la propia guerra, pero cada revolución militar ha planteado dilemas distintos. Este análisis recorre la evolución de la guerra convencional desde la industrialización hasta la era de los drones, la inteligencia artificial y las operaciones cibernéticas, y examina cuatro problemas que la tecnología actual agrava: la dilución de la responsabilidad moral, la ampliación de la brecha entre Estados con y sin capacidades avanzadas, la difuminación de la frontera entre paz y guerra y el riesgo de escalada asociado a la velocidad de decisión. Dedica una atención especial a las lecciones de la guerra de Ucrania. Se concluye que el marco jurídico y ético internacional va por detrás de la innovación y que el principal reto no es técnico, sino político: mantener un control humano significativo sobre el uso de la fuerza.
Palabras clave: tecnología militar; inteligencia artificial; drones; ciberguerra; ética de la guerra; armas autónomas.
La guerra ha sido uno de los motores más potentes del cambio técnico en la historia. La metalurgia, la química industrial, la aviación, la informática o internet deben buena parte de su desarrollo a la competencia militar. Pero cada avance que hace la guerra más eficaz también abre preguntas morales nuevas. La ametralladora obligó a repensar el valor del coraje individual; la bomba atómica, la idea misma de victoria. Hoy la pregunta es otra, y probablemente más incómoda que ninguna anterior: si un sistema decide por sí mismo a quién atacar, ¿quién es responsable de lo que ocurre?
Este análisis recorre esa evolución en cuatro tiempos (la guerra industrial, la guerra de precisión, la guerra conectada y la guerra automatizada) y se detiene en los cuatro problemas que la tecnología actual plantea a la seguridad internacional.
De la guerra heroica a la guerra industrial
La guerra convencional moderna nace con dos revoluciones simultáneas. La revolución política francesa introdujo el ejército de masas y la movilización de la nación entera; la revolución industrial proporcionó los medios para armarlo, transportarlo y abastecerlo. Clausewitz, testigo de las guerras napoleónicas, entendió que la guerra se había convertido en un fenómeno nacional total, aunque su célebre definición siguiera subordinándola a la política (Clausewitz, 1832).
Durante el siglo XIX, el ferrocarril, el telégrafo y el fusil de retrocarga transformaron la logística y la potencia de fuego. Pero fue la Primera Guerra Mundial la que mostró las consecuencias de aplicar la producción en masa al campo de batalla. Ametralladoras, artillería pesada, alambradas y gases convirtieron el frente occidental en un espacio donde el valor individual apenas contaba. John Keegan describió ese cambio como el paso de una guerra en la que el combatiente podía reconocerse como protagonista a otra dominada por la máquina y la estadística (Keegan, 1994). La batalla del Somme, con decenas de miles de bajas británicas en su primer día, se convirtió en el símbolo de esa nueva lógica.
La Segunda Guerra Mundial añadió movilidad. El carro de combate, la aviación táctica y la radio permitieron combinar velocidad y potencia de fuego en operaciones profundas. Y el bombardeo estratégico extendió la guerra a las ciudades y a la población civil, borrando en la práctica la distinción entre frente y retaguardia. La culminación fue el arma nuclear. Tras Hiroshima y Nagasaki, la guerra entre grandes potencias dejó de poder buscar la victoria total sin arriesgar la destrucción mutua. La disuasión sustituyó a la batalla decisiva como lógica central de la estrategia (Freedman, 2013).
La guerra de precisión
Durante la Guerra Fría, la competencia tecnológica se desplazó hacia la electrónica, los sensores y los misiles. A finales de los años setenta, analistas soviéticos hablaban ya de una «revolución técnico-militar» provocada por la combinación de vigilancia de largo alcance y municiones guiadas. En Estados Unidos, el concepto se tradujo como revolución en los asuntos militares: un cambio en el que las nuevas tecnologías, unidas a nuevas doctrinas y organizaciones, alteran radicalmente la forma de combatir (Krepinevich, 1994).
La Guerra del Golfo de 1991 fue su escaparate. Una coalición encabezada por Estados Unidos destruyó en semanas el ejército iraquí, entonces uno de los mayores del mundo, con bajas propias muy reducidas. Las imágenes de bombas guiadas por láser entrando por ventanas concretas fijaron en la opinión pública la idea de una guerra «quirúrgica». La invasión de Irak de 2003 repitió el éxito inicial, pero también mostró su límite: la superioridad tecnológica gana batallas convencionales con rapidez, pero no garantiza el control político del territorio ni impide una insurgencia prolongada.
Colin Gray advirtió en esos años de la tentación de confundir la tecnología con la estrategia (Gray, 1999). Las máquinas cambian el carácter de la guerra, pero no su naturaleza: sigue siendo un choque de voluntades con fines políticos, en el que el adversario se adapta. Esa advertencia es hoy más pertinente que nunca.
La guerra conectada: drones, sensores y datos
En las dos últimas décadas, tres tecnologías han cambiado el campo de batalla de manera visible.
Los drones
Los vehículos aéreos no tripulados empezaron siendo plataformas de vigilancia y se convirtieron, tras 2001, en instrumentos de ataque selectivo en Afganistán, Pakistán, Yemen o Somalia. Su atractivo político es evidente: permiten atacar a gran distancia sin arriesgar la vida de pilotos propios. P. W. Singer describió esa transformación como una revolución robótica cuyos efectos sobre la decisión de usar la fuerza apenas se empezaban a comprender (Singer, 2009).
La guerra de Nagorno-Karabaj de 2020 mostró que esa capacidad ya no es un monopolio de las grandes potencias. Azerbaiyán empleó drones armados y municiones merodeadoras de fabricación turca e israelí para destruir sistemáticamente carros, artillería y defensas antiaéreas armenias. La guerra de Ucrania ha llevado la tendencia más lejos: drones comerciales adaptados, drones de visión en primera persona de bajo coste y drones navales que han obligado a la flota rusa a replegarse en el mar Negro. El dron barato contra el blindado caro ha alterado la economía del combate.
La inteligencia artificial
La inteligencia artificial interviene ya en numerosas funciones militares: análisis de imágenes de satélite, identificación de objetivos, mantenimiento predictivo, logística, ciberdefensa o guerra electrónica. Su ventaja principal es la velocidad: procesa volúmenes de información imposibles para un analista humano y acorta el tiempo entre detectar un objetivo y atacarlo.
Ahí está también su peligro. Cuanto más rápido es el ciclo de decisión, menos tiempo queda para la deliberación humana. Paul Scharre, que participó en la elaboración de la política del Pentágono sobre autonomía en sistemas de armas, distingue entre sistemas en los que el humano decide, sistemas en los que el humano supervisa y puede intervenir, y sistemas plenamente autónomos que seleccionan y atacan objetivos sin intervención humana (Scharre, 2018). La frontera entre las dos últimas categorías se vuelve borrosa cuando la supervisión humana consiste en validar en segundos lo que propone una máquina.
El ciberespacio
El ciberespacio se ha consolidado como un dominio de operaciones. El caso Stuxnet, descubierto en 2010, mostró que un código informático podía causar daños físicos al sabotear centrifugadoras del programa nuclear iraní. NotPetya, en 2017, comenzó como un ataque contra Ucrania y acabó paralizando a empresas de todo el mundo, con pérdidas de miles de millones. Thomas Rid sostuvo que la mayoría de estas acciones son formas de sabotaje, espionaje o subversión, y no guerra en sentido estricto (Rid, 2013). Pero su capacidad para afectar a infraestructuras críticas las convierte en una pieza central de cualquier estrategia de seguridad.
El espacio y la red comercial
Un cuarto elemento completa el cuadro: el espacio. Los satélites de observación, comunicaciones y posicionamiento son hoy la infraestructura invisible de cualquier operación militar. La novedad es que buena parte de esa infraestructura ya no es estatal. En Ucrania, las constelaciones comerciales de comunicaciones por satélite han permitido mantener conectadas a unidades en el frente después de que los ataques rusos dañaran las redes terrestres, y las empresas privadas de imágenes por satélite han hecho visibles los movimientos de tropas casi en tiempo real.
Esa dependencia de proveedores privados plantea problemas inéditos. Las decisiones de una empresa sobre dónde y cuándo prestar servicio pueden tener consecuencias operativas, y los Estados pierden parte del control sobre capacidades esenciales para su defensa.
Ucrania: el laboratorio de la guerra del siglo XXI
Si las guerras del Golfo fueron el escaparate de la guerra de precisión, la de Ucrania se ha convertido en el laboratorio de la guerra conectada. Tres lecciones destacan.
La masa ha vuelto. Tras décadas en las que los ejércitos occidentales apostaron por fuerzas pequeñas, profesionales y tecnológicamente avanzadas, Ucrania ha recordado que una guerra prolongada entre Estados consume cantidades ingentes de munición, vehículos y personal. La capacidad industrial para producir a escala vuelve a ser un factor estratégico de primer orden.
Lo barato puede vencer a lo caro. Un dron comercial modificado, que cuesta unos cientos de euros, puede inutilizar un carro de combate que vale millones. Los drones navales de bajo coste han atacado buques de guerra rusos y han reducido la libertad de acción de la flota del mar Negro. Esa asimetría de costes obliga a repensar qué sistemas merece la pena adquirir y cómo protegerlos.
La adaptación es continua. Cada innovación genera una contramedida en semanas: inhibidores electrónicos contra los drones, drones guiados por fibra óptica contra los inhibidores, redes y jaulas contra los drones de ataque. La ventaja tecnológica ya no se mide en años, sino en ciclos cortos de adaptación, y depende tanto de la capacidad de aprender en el frente como de los laboratorios.
Ucrania confirma así la advertencia de Gray: la tecnología cambia el carácter de la guerra, pero no sustituye a la estrategia, a la moral de combate ni a la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo.
Cuatro problemas que la tecnología agrava
1. La responsabilidad se diluye
La ética de la guerra se ha construido alrededor de la responsabilidad humana. La tradición de la guerra justa, desde Agustín de Hipona y Tomás de Aquino hasta Michael Walzer, distingue entre el derecho a hacer la guerra (ius ad bellum) y el derecho en la guerra (ius in bello). Este último exige discriminar entre combatientes y civiles, emplear una fuerza proporcional a la ventaja militar buscada y que alguien responda moralmente de cada decisión (Walzer, 1977).
Los sistemas autónomos tensionan esa última condición. Si un sistema identifica erróneamente a un grupo de civiles como combatientes y los ataca, ¿quién responde? ¿El programador que escribió el algoritmo años antes? ¿El fabricante? ¿El comandante que lo desplegó sin poder prever su comportamiento concreto? ¿El operador que validó la propuesta en dos segundos? Esta dispersión de la responsabilidad, que la literatura llama brecha de responsabilidad, es el núcleo del debate ético sobre las armas autónomas. Singer (2009) advirtió de que la automatización puede reducir la responsabilidad humana y desdibujar la línea entre combatiente y civil, en la medida en que la decisión se traslada del juicio moral al cálculo estadístico.
La cuestión no es si la tecnología hace la guerra más precisa, sino si puede hacerla más justa.
Hay un argumento contrario que merece consideración. Los defensores de la autonomía sostienen que una máquina no actúa por miedo, ira o venganza, y que podría respetar mejor el derecho internacional humanitario que un soldado agotado. El argumento tiene fuerza en abstracto, pero depende de una premisa discutible: que los sistemas sean capaces de interpretar contextos complejos, como la rendición de un combatiente o la presencia de civiles mezclados con fuerzas armadas, con un juicio comparable al humano. Por ahora, esa premisa no se cumple.
2. La asimetría se agranda
La tecnología avanzada permite a quien la posee combatir con un coste humano propio muy bajo. Eso tiene un efecto político: reduce el freno que la opinión pública ejerce sobre la decisión de usar la fuerza. Una guerra en la que no vuelven ataúdes es más fácil de iniciar y de prolongar.
Al mismo tiempo, ensancha la distancia entre los Estados que pueden desarrollar y desplegar estas capacidades y los que no. Gray planteó esta brecha como una forma de desigualdad estratégica que condiciona la seguridad de los más débiles. Los Estados sin capacidades avanzadas responden de la única manera que pueden: con estrategias asimétricas, guerrilla, terrorismo o la adquisición de tecnologías baratas que neutralicen la ventaja ajena. La proliferación de drones de bajo coste es, en buena medida, esa respuesta.
3. La frontera entre paz y guerra se borra
Los conflictos contemporáneos tienden a la hibridación. Frank Hoffman popularizó el concepto de guerra híbrida para describir enfrentamientos en los que se combinan de forma simultánea medios convencionales, tácticas irregulares, terrorismo, crimen organizado y operaciones de información (Hoffman, 2007). Mary Kaldor ya había descrito unas «nuevas guerras» en las que se mezclan violencia política, economía ilícita y movilización identitaria (Kaldor, 2012).
La tecnología acelera esa mezcla. Un ciberataque contra una red eléctrica, una campaña de desinformación en redes sociales o el sabotaje de un cable submarino pueden causar daños graves sin que haya una declaración de guerra ni un disparo. Las acciones se sitúan deliberadamente por debajo del umbral que provocaría una respuesta militar. Es la llamada zona gris, en la que se mueven con soltura actores estatales que buscan erosionar al adversario sin enfrentarse abiertamente a él. En el Sahel, por ejemplo, conviven operaciones convencionales, grupos yihadistas, redes de tráfico y empresas de seguridad privadas, en un conflicto donde lo político y lo criminal resultan difíciles de separar.
Para la disuasión, esto supone un cambio profundo. Durante la Guerra Fría, la disuasión descansaba en la amenaza de una respuesta militar convencional o nuclear. Hoy debe incluir la capacidad de resistir y recuperarse de ataques contra infraestructuras críticas, de atribuirlos de forma creíble y de responder en el mismo dominio. La resiliencia de la sociedad se convierte en una forma de defensa.
4. La velocidad y el riesgo de escalada
Hay un último problema que afecta al nivel estratégico. Si los sistemas de alerta y decisión se automatizan para ganar velocidad, el tiempo disponible para que los dirigentes políticos evalúen una crisis se reduce. Durante la Guerra Fría, varios incidentes nucleares se evitaron porque una persona dudó de lo que indicaban las máquinas, como el oficial soviético Stanislav Petrov, que en 1983 interpretó correctamente como falsa una alerta de ataque con misiles. Un sistema diseñado para responder en segundos no deja espacio para esa duda. Integrar la inteligencia artificial en los sistemas de mando y control, y en particular en los nucleares, plantea riesgos de escalada accidental que la comunidad internacional apenas ha empezado a abordar.
Reglas que llegan tarde
El derecho internacional humanitario se codificó pensando en soldados, buques y aviones. Sus principios generales (distinción, proporcionalidad y precaución) se aplican a cualquier medio de guerra, incluidos los nuevos. El artículo 36 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra obliga además a los Estados a examinar si sus nuevas armas son compatibles con el derecho internacional. Pero la aplicación concreta de esos principios a sistemas autónomos o a operaciones cibernéticas sigue siendo objeto de interpretación y disputa.
Desde 2017, un grupo de expertos gubernamentales en el marco de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales debate en Ginebra la regulación de los sistemas de armas autónomos letales. El Comité Internacional de la Cruz Roja ha propuesto prohibir los sistemas impredecibles y los diseñados para atacar personas, y regular el resto mediante límites al tipo de objetivo, la duración y el área de uso, y la exigencia de supervisión humana (Comité Internacional de la Cruz Roja, 2021). Sin embargo, las grandes potencias militares se resisten a un tratado vinculante. Ninguna quiere renunciar a una ventaja que cree poder obtener, ni atarse las manos mientras sus rivales siguen investigando.
En el ciberespacio, la situación es parecida. Existen normas voluntarias de comportamiento responsable acordadas en Naciones Unidas, pero no un régimen jurídico vinculante, y la atribución de los ataques sigue siendo políticamente disputada.
Qué está en juego para Europa
Para España y sus socios europeos, estas tendencias tienen consecuencias muy concretas. La guerra de Ucrania ha demostrado que la masa importa (munición, drones, repuestos) y que la industria de defensa europea no estaba preparada para producir a esa escala. Ha mostrado también que la innovación se produce en el frente, en ciclos de semanas, y que las capacidades tecnológicas de bajo coste pueden neutralizar sistemas mucho más caros.
Al mismo tiempo, la Unión Europea se ha presentado como defensora de una regulación responsable de la inteligencia artificial. Existe una tensión evidente entre ese papel normativo y la necesidad de no quedar rezagada en una competición tecnológica dominada por Estados Unidos y China. Gestionar esa tensión, invirtiendo en capacidades sin renunciar a los principios, será uno de los debates centrales de la política de defensa europea en esta década.
Conclusión
La guerra convencional ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente físico para convertirse en un enfrentamiento multidimensional en el que la información, los datos y los algoritmos pesan tanto como la artillería. Cada salto tecnológico, desde la ametralladora hasta la inteligencia artificial, ha cambiado no solo la eficacia militar, sino también las ideas sobre lo que es legítimo en la guerra.
El desafío actual no es dominar la tecnología, sino mantener el control moral y político sobre su uso. Eso exige preservar un control humano significativo sobre las decisiones de vida o muerte, construir normas internacionales antes de que los hechos consumados las hagan inútiles y no olvidar la advertencia de Gray: la tecnología cambia la forma de combatir, pero la guerra sigue siendo un instrumento político cuyas consecuencias recaen, en última instancia, sobre personas. Si se pierde esa perspectiva, el progreso técnico puede acabar convirtiéndose en una forma de violencia perfectamente racionalizada.
Bibliografía
- Clausewitz, C. von. (1832). Vom Kriege. Ferdinand Dümmler.
- Comité Internacional de la Cruz Roja. (2021). Posición del CICR sobre los sistemas de armas autónomos. CICR.
- Freedman, L. (2013). Strategy: A history. Oxford University Press.
- Gray, C. S. (1999). Modern strategy. Oxford University Press.
- Hoffman, F. G. (2007). Conflict in the 21st century: The rise of hybrid wars. Potomac Institute for Policy Studies.
- Kaldor, M. (2012). New and old wars: Organized violence in a global era (3.ª ed.). Polity Press.
- Keegan, J. (1994). A history of warfare. Vintage Books.
- Krepinevich, A. F. (1994). Cavalry to computer: The pattern of military revolutions. The National Interest, (37), 30-42.
- Rid, T. (2013). Cyber war will not take place. Hurst.
- Scharre, P. (2018). Army of none: Autonomous weapons and the future of war. W. W. Norton.
- Singer, P. W. (2009). Wired for war: The robotics revolution and conflict in the twenty-first century. Penguin Press.
- Walzer, M. (1977). Just and unjust wars: A moral argument with historical illustrations. Basic Books.
Procedencia del texto
Adaptación ampliada de un ensayo propio elaborado para la asignatura de Seguridad Internacional (2025), completada con materiales de Análisis de Conflictos Internacionales sobre la guerra híbrida.
Cómo citar este análisis
Álvarez Fernández, J. M. (2026, 20 de octubre). La máquina decide, ¿quién responde? Tecnología, guerra convencional y responsabilidad moral. Critical Meridian. https://www.criticalmeridian.com/articulos/tecnologia-guerra-responsabilidad
José Manuel Álvarez Fernández
Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad de Granada. Se forma en Relaciones Internacionales y escribe sobre política europea, seguridad internacional, geopolítica y comunicación política.
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