Estudios de la Guerra
¿Por qué invadió Rusia Ucrania? Dos lecturas geopolíticas de una guerra
La geopolítica clásica ve en la invasión un cálculo de seguridad y equilibrio de poder. La geopolítica crítica, una construcción de discursos, identidades e intereses de élite. Ninguna basta por sí sola.
Resumen
La invasión rusa de Ucrania de febrero de 2022 es el acontecimiento que más ha transformado la seguridad europea desde el fin de la Guerra Fría. Este análisis compara dos enfoques para explicar sus causas. Desde la geopolítica clásica, la guerra responde a la vulnerabilidad territorial rusa, a la búsqueda de profundidad estratégica, al control del mar Negro y a la percepción de la ampliación de la OTAN como amenaza. Desde la geopolítica crítica, responde también a la construcción de una narrativa histórica sobre la unidad de rusos y ucranianos, a las necesidades de legitimación de un régimen personalista y a intereses económicos concretos. Se concluye que ambos enfoques son complementarios y que la combinación de ambos explica mejor por qué la guerra se produjo y por qué resulta tan difícil terminarla.
Palabras clave: Rusia; Ucrania; OTAN; geopolítica clásica; geopolítica crítica; seguridad europea.
El 24 de febrero de 2022, Rusia lanzó una invasión a gran escala de Ucrania. Muchos analistas occidentales no la creían posible pocos días antes. El coste esperado parecía demasiado alto: sanciones masivas, aislamiento diplomático, una guerra contra un país de más de cuarenta millones de habitantes y la consolidación de la alianza que Moscú decía temer. Y sin embargo, ocurrió.
Explicar por qué no es solo un ejercicio académico. La forma en que entendemos las causas de una guerra condiciona cómo creemos que puede terminar. Si la invasión fue sobre todo una respuesta a una amenaza de seguridad, la solución pasaría por garantías y equilibrios. Si fue sobre todo un proyecto identitario e imperial, ninguna garantía bastaría.
Este análisis contrasta dos tradiciones de la geopolítica que dan respuestas distintas: la geopolítica clásica, centrada en el territorio, la seguridad y el equilibrio de poder, y la geopolítica crítica, que se pregunta por los discursos, las identidades y los intereses que convierten la geografía en política.
Antecedentes: de 1991 a 2022
La disolución de la Unión Soviética en 1991 convirtió a Ucrania en un Estado independiente con la segunda mayor población del espacio postsoviético, una importante base industrial, buena parte de la flota soviética del mar Negro y, durante unos años, un arsenal nuclear heredado. En 1994, mediante el Memorando de Budapest, Ucrania renunció a esas armas a cambio de garantías de respeto a su integridad territorial por parte de Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido.
Durante las dos décadas siguientes, la política ucraniana osciló entre gobiernos más próximos a Moscú y otros orientados hacia Occidente. Mientras, la OTAN se amplió hacia el este: Polonia, Hungría y la República Checa ingresaron en 1999, y otros siete países, entre ellos las tres repúblicas bálticas, en 2004. En la cumbre de Bucarest de abril de 2008, la Alianza declaró que Ucrania y Georgia llegarían a ser miembros, aunque sin ofrecerles un plan concreto de adhesión. Cuatro meses después, Rusia combatía en Georgia.
El punto de ruptura llegó en noviembre de 2013, cuando el presidente Víktor Yanukóvich suspendió la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Las protestas del Euromaidán terminaron con su huida en febrero de 2014. Rusia respondió ocupando y anexionándose Crimea en marzo y apoyando una insurgencia armada en el Donbás. Los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015 congelaron parcialmente el conflicto sin resolverlo.
En julio de 2021, Vladímir Putin publicó un largo artículo sobre la «unidad histórica» de rusos y ucranianos. En diciembre, Moscú presentó propuestas de tratado que exigían, entre otras cosas, el compromiso de que la OTAN no seguiría ampliándose. Dos meses después, comenzó la invasión.
La lectura clásica: territorio, seguridad y poder
La geopolítica clásica parte de una premisa: la geografía condiciona de manera estructural la política exterior de los Estados. La posición, el relieve, el acceso al mar y los recursos definen vulnerabilidades e intereses que perduran más allá de los gobiernos y las ideologías.
La llanura sin defensas
Rusia ocupa la mayor parte de la gran llanura europea oriental, una extensión sin barreras naturales significativas entre Europa central y Moscú. Por ella llegaron las invasiones de Napoleón en 1812 y de Alemania en 1941. Esa experiencia ha forjado una cultura estratégica obsesionada con la profundidad defensiva: la necesidad de controlar o neutralizar los territorios que separan el núcleo ruso de sus posibles enemigos.
Halford Mackinder formuló a comienzos del siglo XX la teoría del Heartland: el corazón continental de Eurasia era el pivote geográfico de la historia, y quien controlara Europa del Este tendría la llave de ese corazón (Mackinder, 1904). Un siglo después, Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de seguridad nacional estadounidense, aplicó esa lógica a Ucrania: sin ella, Rusia dejaba de ser un imperio euroasiático y se convertía en un Estado predominantemente asiático; con ella, recuperaba los medios para volver a ser una gran potencia (Brzezinski, 1997).
La OTAN como amenaza percibida
Desde esta perspectiva, la ampliación de la OTAN hacia el este fue el factor desencadenante. John Mearsheimer sostuvo en 2014, tras la anexión de Crimea, que la crisis era en gran parte responsabilidad de Occidente: al empujar a Ucrania hacia la órbita occidental mediante la ampliación de la OTAN, la expansión de la Unión Europea y el apoyo a la democratización, Estados Unidos y sus aliados habían ignorado que ninguna gran potencia tolera una alianza militar rival en su frontera (Mearsheimer, 2014). La advertencia no era nueva. En 1997, el diplomático George Kennan, artífice de la política de contención, había calificado la ampliación de la OTAN como un error fatídico que alimentaría el nacionalismo y el militarismo rusos (Kennan, 1997).
El argumento realista no necesita que la amenaza sea real: basta con que sea percibida. Desde Moscú, la posibilidad de tropas aliadas en territorio ucraniano, a unos cientos de kilómetros de la capital, alteraba de forma intolerable el equilibrio estratégico.
El mar Negro y los recursos
La lógica clásica también explica la importancia de Crimea. La base naval de Sebastopol alberga la flota rusa del mar Negro y le da acceso al Mediterráneo a través de los estrechos turcos. Ante la posibilidad de que un gobierno ucraniano prooccidental revisara el acuerdo que permitía a Rusia usar esa base, Moscú optó en 2014 por asegurarla directamente.
A ello se suma el valor económico del territorio. El Donbás concentra recursos minerales, industria pesada e infraestructuras, y el control de la costa del mar de Azov y del corredor terrestre hacia Crimea refuerza la posición rusa. Para la geopolítica clásica, poder territorial y capacidad estratégica van de la mano.
El estatus de gran potencia
Por último, la invasión puede leerse como un intento de reafirmar la condición de Rusia como gran potencia y de desafiar un orden internacional liderado por Estados Unidos. Tras la humillación percibida de los años noventa, la política exterior rusa ha buscado recuperar una esfera de influencia en el espacio postsoviético y evitar la marginación estratégica. Las grandes potencias, según esta lectura, defienden sus intereses vitales por la fuerza cuando consideran que la alternativa es perder su posición.
Los límites de la lectura clásica
La explicación clásica es potente, pero deja preguntas sin responder. Si el objetivo era evitar la OTAN en la frontera, la guerra ha producido exactamente lo contrario: Finlandia ingresó en la Alianza en 2023 y Suecia en 2024, duplicando la frontera terrestre entre Rusia y la OTAN. Y la explicación clásica dice poco sobre por qué el Kremlin justificó la guerra con argumentos sobre la identidad ucraniana, y no solo con argumentos de seguridad.
La lectura crítica: discursos, identidades e intereses
La geopolítica crítica surgió en los años noventa como reacción a la visión clásica. Gearóid Ó Tuathail y John Agnew sostuvieron que la geografía no habla por sí sola: son los dirigentes, los expertos y los medios quienes interpretan el espacio y le atribuyen significados políticos (Ó Tuathail y Agnew, 1992). Las «amenazas», las «esferas de influencia» o los «intereses vitales» no son datos objetivos, sino construcciones discursivas que sirven a quien las enuncia (Ó Tuathail, 1996).
El relato de la unidad histórica
Desde este enfoque, lo primero que llama la atención es cómo se justificó la invasión. El artículo de Putin de julio de 2021 presentaba a rusos, ucranianos y bielorrusos como un solo pueblo, heredero de la Rus de Kiev, y a la Ucrania independiente como un artificio creado por los bolcheviques y explotado por Occidente. En sus discursos de febrero de 2022, el Kremlin añadió la necesidad de proteger a la población rusohablante y de «desnazificar» Ucrania.
Estas narrativas no son decorativas. Definen qué es Ucrania (no un Estado soberano, sino una parte desgajada del mundo ruso) y, por tanto, qué se considera aceptable hacer con ella. El historiador Serhii Plokhy ha mostrado que la historia compartida entre ambos pueblos es real, pero que la identidad nacional ucraniana tiene raíces propias y se ha consolidado precisamente frente a las presiones rusas (Plokhy, 2015). La guerra es también una lucha por el significado del territorio y de la historia.
Las élites y la legitimación interna
La geopolítica crítica también pregunta a quién beneficia la guerra. En un régimen personalista con competencia política limitada y una economía estancada, el conflicto exterior puede cumplir funciones internas: movilizar el nacionalismo, cohesionar a la sociedad alrededor del líder, justificar la represión de la disidencia y desplazar la atención de los problemas económicos. La anexión de Crimea en 2014 había disparado la popularidad de Putin; es razonable pensar que el Kremlin esperaba un efecto similar de una victoria rápida en 2022.
Gerard Toal, uno de los principales autores de la geopolítica crítica, analizó el conflicto ruso con sus vecinos como el choque entre distintas «culturas geopolíticas»: formas arraigadas de entender el lugar de un Estado en el mundo, que condicionan cómo sus élites interpretan cada crisis (Toal, 2017). Desde Moscú, la orientación occidental de Ucrania no se leía como una decisión soberana de un país vecino, sino como una operación orquestada por Washington.
Los intereses económicos
La perspectiva crítica subraya, además, que la política exterior no la decide un Estado abstracto, sino coaliciones de actores políticos, militares y empresariales con intereses concretos. El control de infraestructuras energéticas, de rutas de tránsito y de activos industriales en el espacio postsoviético beneficia a sectores estrechamente vinculados al aparato estatal ruso. La guerra redefine relaciones de dependencia económica y reparte beneficios y costes de forma muy desigual.
Las consecuencias humanas
Por último, la geopolítica crítica sitúa en el centro lo que la clásica considera secundario: las personas. La invasión ha provocado decenas de miles de muertos, millones de desplazados (más de seis millones de refugiados registrados en Europa en los momentos de mayor intensidad), la destrucción de ciudades enteras y graves violaciones de los derechos humanos documentadas por organismos internacionales. Ha afectado también a la seguridad alimentaria mundial, por el peso de Ucrania en la exportación de cereales, y a los mercados energéticos europeos. Para este enfoque, esas consecuencias no son efectos colaterales de un cálculo estratégico, sino la realidad concreta de lo que significa «hacer geopolítica».
La guerra no puede explicarse solo como una reacción de seguridad ni solo como un proyecto ideológico. Es ambas cosas a la vez.
Dos lecturas complementarias
Puestas una junto a otra, las dos lecturas no son incompatibles. La geopolítica clásica explica por qué Ucrania importa tanto a Rusia: su posición, su acceso al mar, su peso económico y su valor como amortiguador estratégico. La geopolítica crítica explica cómo esa importancia se convirtió en una guerra: a través de un relato que negaba la existencia de Ucrania como nación, de un régimen que necesitaba legitimarse y de una lectura de la orientación occidental de Kiev como una amenaza existencial.
Roy Allison ya había mostrado, en su análisis de la intervención de 2014, cómo Rusia combinó argumentos de seguridad, de protección de compatriotas y de autodeterminación para justificar el incumplimiento de normas internacionales que ella misma había suscrito (Allison, 2014). Richard Sakwa, más próximo a la lectura realista, insistió en que la crisis ucraniana reflejaba tanto divisiones internas del propio país como un fracaso en construir una arquitectura de seguridad europea que incluyera a Rusia (Sakwa, 2015). Ambos diagnósticos son compatibles: la arquitectura europea fracasó, y Moscú decidió resolver ese fracaso por la fuerza y con un relato que lo justificaba.
Lo que la guerra ha revelado
El desarrollo de la guerra ofrece datos para contrastar ambas lecturas. El plan inicial ruso, a juzgar por la forma de la ofensiva, parecía buscar una victoria rápida: columnas avanzando hacia Kiev desde el norte, operaciones aerotransportadas sobre el aeropuerto de Hostomel y la expectativa de que el gobierno ucraniano se desmoronara. Ese planteamiento encaja mal con una lectura puramente defensiva y mucho mejor con la convicción, propia del relato identitario, de que Ucrania no resistiría porque no era una nación real.
La resistencia ucraniana desmintió esa convicción. En la primavera de 2022, las fuerzas rusas se retiraron del norte del país, y en otoño Ucrania recuperó buena parte de la región de Járkov y la ciudad de Jersón. Rusia respondió con una movilización parcial y con la anexión formal, en septiembre de 2022, de cuatro regiones que no controlaba por completo. La guerra se transformó entonces en un conflicto de desgaste, con frentes relativamente estables, enormes pérdidas humanas y una competencia por la producción de munición, drones y repuestos.
Ese paso de la guerra relámpago al desgaste también admite dos lecturas. Para la geopolítica clásica, muestra que Rusia está dispuesta a pagar un coste altísimo por asegurar territorios que considera estratégicos, como el corredor terrestre hacia Crimea. Para la crítica, muestra que la guerra se ha convertido en una apuesta existencial para el régimen, que ya no puede presentar como victoria un resultado inferior al anunciado sin poner en riesgo su legitimidad interna.
La dimensión energética
La guerra ha sido también una guerra energética. Durante dos décadas, Rusia había utilizado su posición como principal proveedor de gas de la Unión Europea como instrumento de influencia, y Europa había aceptado esa dependencia bajo la premisa de que el comercio crearía intereses compartidos. Tras la invasión, Moscú redujo progresivamente el suministro por gasoducto, y en septiembre de 2022 los gasoductos Nord Stream sufrieron un sabotaje que los dejó fuera de servicio.
La Unión respondió con el plan REPowerEU, presentado en mayo de 2022, para reducir rápidamente la dependencia de los combustibles fósiles rusos mediante la diversificación de proveedores, el gas natural licuado, el ahorro y la aceleración de las renovables. El coste fue alto, con una crisis de precios que golpeó a hogares e industria, pero la dependencia se redujo de forma drástica. Desde la geopolítica clásica, es un caso de manual sobre cómo los recursos se convierten en instrumentos de poder; desde la crítica, una muestra de cómo un discurso (el del «cambio a través del comercio») sostuvo durante años decisiones que hoy se consideran un error estratégico.
Los apoyos externos
Por último, la guerra ha internacionalizado sus alineamientos. Ucrania depende de la ayuda militar y financiera de Estados Unidos y de la Unión Europea. Rusia ha encontrado apoyos en Irán, que le ha suministrado drones, y en Corea del Norte, que le ha proporcionado munición y, desde finales de 2024, tropas. China ha mantenido una posición de neutralidad declarada, sin condenar la invasión, mientras su comercio con Rusia crecía y le proporcionaba bienes de doble uso. La guerra ha acelerado así la consolidación de un eje de Estados insatisfechos con el orden internacional, un resultado que ambas lecturas geopolíticas interpretan, de nuevo, de forma distinta: como reequilibrio de poder o como convergencia de regímenes autoritarios con relatos comunes frente a Occidente.
Qué implica para el final de la guerra
La combinación de ambas lecturas ayuda a entender por qué esta guerra es tan difícil de terminar. Si fuera solo un problema de seguridad, cabría imaginar un acuerdo basado en garantías mutuas, neutralidad o limitaciones de despliegue. Pero si la invasión responde también a un proyecto que niega la soberanía ucraniana, cualquier acuerdo que no la reconozca plenamente será, para Kiev, una pausa antes de la siguiente guerra. Y si la legitimidad del régimen ruso se ha vinculado a la victoria, una paz percibida como derrota tiene costes internos muy altos para Moscú.
Para Europa, la guerra ha supuesto el fin de varias ilusiones: que la interdependencia económica bastaba para garantizar la paz, que las guerras de conquista territorial pertenecían al pasado y que la seguridad del continente podía descansar indefinidamente en Estados Unidos. La respuesta (aumento del gasto en defensa, ampliación de la OTAN, perspectiva de adhesión de Ucrania a la Unión) define ya la política europea de esta década.
Conclusión
La pregunta «¿por qué invadió Rusia Ucrania?» no tiene una respuesta única. La geopolítica clásica aporta las constantes: la vulnerabilidad de la llanura, el valor del mar Negro, el equilibrio de poder y la percepción de la OTAN como amenaza. La geopolítica crítica aporta lo que convierte esas constantes en decisiones: los relatos, las identidades, los intereses de las élites y las necesidades de un régimen.
Comprender el conflicto en toda su complejidad exige integrar ambas perspectivas. La invasión no fue una reacción inevitable dictada por el mapa, ni una construcción ideológica desconectada de cualquier interés de seguridad. Fue una decisión política tomada por un poder concreto, que interpretó su geografía de una manera determinada y que estuvo dispuesto a imponer esa interpretación por la fuerza.
Bibliografía
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- Brzezinski, Z. (1997). The grand chessboard: American primacy and its geostrategic imperatives. Basic Books.
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- Plokhy, S. (2015). The gates of Europe: A history of Ukraine. Basic Books.
- Sakwa, R. (2015). Frontline Ukraine: Crisis in the borderlands. I.B. Tauris.
- Toal, G. (2017). Near abroad: Putin, the West and the contest over Ukraine and the Caucasus. Oxford University Press.
Procedencia del texto
Adaptación ampliada de un análisis propio para la asignatura de Geopolítica Mundial (2026).
Cómo citar este análisis
Álvarez Fernández, J. M. (2026, 20 de octubre). ¿Por qué invadió Rusia Ucrania? Dos lecturas geopolíticas de una guerra. Critical Meridian. https://www.criticalmeridian.com/articulos/rusia-ucrania-geopolitica-clasica-critica
José Manuel Álvarez Fernández
Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad de Granada. Se forma en Relaciones Internacionales y escribe sobre política europea, seguridad internacional, geopolítica y comunicación política.
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